Victima de si mismo

Me permito reproducir el Editorial del periodico El Tiempo, del 11 de Octubre de 2007.

Las calamidades materiales de las guerras que Estados Unidos inició hace seis años en Afganistán y dos años después en Irak son el desastre calculado: cientos de miles de muertos y heridos, destrozos multimillonarios, exacerbación de guerras religiosas…

Pero las consecuencias imponderables de estos conflictos pueden ser peores: nos referimos al terrible impacto que han tenido en los valores de la civilización las actuaciones de Washington, cada vez más lejanas de su tradición democrática y más cercanas a la axiología de dictaduras siniestras.

Las últimas noticias son devastadoras: matanzas de civiles en Bagdad por mercenarios estadounidenses; nueva ola de atentados con decenas de muertos; revelación de memorandos secretos del Departamento de Justicia que aprueban las torturas, y choques mortales entre las tropas de E.U. y la policía iraquí, que se supone aliada suya. Todos elementos de un cuadro tan desmoralizador como inmoral.

Respecto a los mercenarios, que el 16 de septiembre dieron muerte a 17 civiles y anteayer mataron a dos mujeres en Bagdad, sin que en ambos casos mediara provocación, hay mucho más que errores de combate. Se trata de un colosal negocio. El primer episodio fue protagonizado por la empresa Blackwater, propiedad de conservadores religiosos que apoyaron la campaña de George W. Bush y fueron beneficiados con contratos por mil millones de dólares. Son de los más favorecidos, junto con la empresa Halliburton, pero no son los únicos.

En Irak hay cerca de 160.000 contratistas que prestan diversos servicios, incluyendo a 50.000 combatientes empleados por empresas privadas. Muchos congresistas han pedido que se ponga fin a la contratación de soldados civiles. “Si faltan tropas, pues mandamos más tropas”, dijo Henry Waxman, el diputado que preside la investigación, opuesto a continuar apoyando la guerra con “una fuerza mercenaria sin control”.

La situación en Irak tiende a eclipsar la no menos crítica de Afganistán, donde las fuerzas encabezadas por Estados Unidos aplastaron al régimen de los talibanes, pero no han podido doblegar la resistencia de sus reductos, apoyados por Al Qaeda.
Allí han caído 449 soldados estadounidenses; aunque son menos que los 3.818 muertos en Irak, las bajas van en ascenso. Ni las 35.000 tropas de ocupación, ni la Policía y el Ejército afganos han podido estabilizar el país. El gobierno de Hamid Karzai, patrocinado por Washington, está minado por la corrupción y enfrenta el múltiple desafío de los talibanes y los ‘señores de la guerra’, que no respetan la autoridad central.

Al deplorable estado de los dos países se suman las nuevas revelaciones sobre la política de torturas adoptada por el gobierno de Bush para combatir el terrorismo en el mundo, contenidas en documentos secretos del ex ministro de Justicia Alberto Gonzales.
Frente a los cuales, The New York Times se preguntó: “¿Es esto lo que somos? ¿Nos convertimos en una nación que tortura seres humanos y luego inventa artificios legales para confundir al mundo y no responder ante sus electores?”.

Campos de concentración en Guantánamo, violación de normas procesales y derechos humanos, contratación de mercenarios, autorización de torturas, ocultamiento de información… Con estos escándalos, las guerras de Irak y Afganistán están cobrando su más lamentable pieza: el prestigio de Estados Unidos como país civilizado, democrático y legalista.

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